domingo, 29 de mayo de 2011

Las despedidas nos arrugan el alma


Las despedidas nos arrugan el alma. 
Las despedidas que no deseamos. Las que rogamos nunca nos toquen a nosotros, pero nos tocan, convirtiendo el mundo entero en una escenografía que manos extrañas envuelven, empaquetan y se la llevan a un lugar distante donde nunca podremos rescatarla.
Y nos convierte en mendigos de una calle vacía, bajo la lluvia y sin paraguas.
Quienes no sufrieron una de estas despedidas pueden volver a sus entretenimientos  habituales. No sigan leyendo porque no van a entender lo que viene a continuación.
Me gusta el cine, mas de lo que se pueda imaginar y fue Federico Fellini quien en una sola frase me dio la clave de esa fascinación.
El cine, dijo, es como la vida misma, pero sin las partes aburridas.
Por eso miro películas. Porque en ellas de repente aparecen sin pedir permiso imágenes que ya estaban dentro de mí. Y, carajo, me pregunto ¿cómo alguien pudo vivir lo mismo que yo y mostrarlo tan maravillosamente?.
Las despedidas. Abundan en las pantallas. No es casualidad que los guionistas recurran a ellas.
Las despedidas son emociones altamente concentradas. Como los trozos de frutas que se agregan al yogurt para convertirlo en auténtico yogurt de frutas. Pero suelen ser ácidas. Quien quiere yogurt fuerte tendrá que comerse los trozos de frutilla.
Hay para todos los gustos. Yogures y frutas. Amores y despedidas.
La que en mi tejió una trama cerrada entre la realidad y la fantasía fue la despedida de Roberto y Francesca en la famosa y premiada película Los Puentes de Madison.
No voy a contarles la película, pero voy a contarles una historia sobre ella.
Los Puentes de Madison es una historia miré con mucho respeto. También con mucha emoción. Y a medida que avanzaba la historia me convencí que esas cosas no se inventan ni se escriben en frío. Tuvo que haber sido real. Solamente de esa manera una vida entera puede caber en cuatro días y cuatro días pueden caber en menos de dos horas y todo puede resumirse en una despedida de cinco minutos. Y esos cinco minutos quedan grabados para siempre, en la imagen de una mano tratando de abrir una puerta y en la mirada de Francesca que deja correr su alma tras su amado Robert, sin alcanzarlo jamás.
Tuve muchos sentimientos encontrados al ver esta película. Emoción y admiración. Frustración y tristeza. Pero por sobre todas las cosas sentí una enorme curiosidad que jamás me resignaría a dejar flotando.
Esa despedida me dejó un sabor agridulce y dos interrogantes.
El primero me llevó a preguntar a todas mis amigas que vieron la película, si ellas mismas no hubieran arrancado la puerta de la camioneta para salir corriendo como locas hacia su amado. Las respuestas están divididas. El mundo está lleno de Francescas, anoté en mi libretita.
El segundo interrogante me llevó mas lejos.
¿Qué decía la carta de Robert, que en la película recibe Francesca después de su muerte, mientras mira por la ventana y sus gestos transmiten emociones infinitas?.
Dicho en otras palabras: ¿Qué escribiría yo antes de morir, si fuera Robert y nunca mas hubiera visto a mi Francesca?.
Encontré la respuesta años mas tarde cuando viajé al otro lado del continente americano para visitar a mis padres americanos, en Oregon y una tarde cualquiera entré a una tienda de instrumentos musicales en la ciudad de Eugene, donde encontré una guitarra muy hermosa cuyo precio estaba a mi alcance. La compré por dos razones. Su sonido celestial y su aroma. Sí, por su aroma. El aroma de los bosques del noroeste americano. Un lugar que considero mi segundo hogar y donde fui muy feliz. Quería conservar ese aroma en el corazón. Esas maderas de la guitarra me permitieron cumplir el sueño.
El detalle es que la guitarra se llama Tacoma y ese nombre tomaría un sentido especial al día siguiente, cuando encontré en la biblioteca de la casa el libro de Los Puentes de Madison y en ese libro encontré la respuesta que me faltaba.
Me senté a leerlo, en el mismo rincón del patio trasero donde me sentaba cuando era muy joven y me preguntaba qué sería de mi vida o simplemente descubría que el viento entre los pinos era la melodía mas linda del mundo. En ese banco solía descubrir qué se traía mi alma en medio del silencio y ahora descubría que el autor de Los Puentes se hizo las mismas preguntas que yo y salió a investigar antes de publicar el libro, demorando su lanzamiento, para desesperación de la editorial.
Esta es la historia de lo que sigue a la escena de la despedida mas emocionante de la historia del cine y que el cine no mostró.
Robert siguió enamorado por siempre de Francesca. Nunca buscó otra compañía. Dejó su trabajo en la revista National Geographic y se dedicó a la fotografía profesional por su cuenta. En sus últimos años dejó de viajar por el mundo y se recluyó en una zona de Seattle, llamada…¡Tacoma!.
El autor del libro descubrió a un virtuoso saxofonista de jazz que conoció personalmente a Robert quien fue su último y mas cercano amigo. Este explicó que el talento de Robert era de tal magnitud que podía registrar en una fotografía del rastro de las gaviotas sobre el agua la melodía de Autumm leaves. Hojas de otoño, la canción preferida de Francesca. Este músico escuchó la historia completa del amor entre Francesca y Robert, sentado frente a un muelle al atardecer y vio a Robert quebrarse de dolor al relatar la despedida.
Robert murió amando a Francesca, pero antes le escribió una carta y esa carta fue revelada en el libro.
¿Qué decía esa carta que Francesca leyó en silencio frente a un ventanal? ¿Qué palabras inspiraron a la actriz Meryll Streep a interpretar esas expresiones sublimes frente a las cámaras?.
Esa carta era la despedida final. La verdadera despedida.
Y descubrí, casi sin asombro, que yo mismo hubiera escrito esa carta con casi las mismas palabras.
Cerré el libro. Tenía mis respuestas. Cerré los ojos, escuché la brisa suave corriendo entre los pinos y respiré profundamente el aroma del rincón donde alguna vez fui feliz.
 


miércoles, 4 de mayo de 2011

El mensaje de Susan y Paul


Soy lento. Tal vez demasiado lento para el mundo moderno. Lo reconozco.
Todavía no entiendo la función de tres botones del tablero de mi camioneta, después de tenerlos enfrente por más de dos años. El noventa por ciento de los programas y aplicaciones de mi celular o mi computadora siguen siendo un misterio insondable. Cuando veo a mi hijo digitar el teclado de estos aparatos  y navegar a la velocidad de la luz en la pantalla no puedo menos que recordar a un piloto de Fórmula 1 en plena recta.
Imagínense lo mucho que puedo tardar en enterarme de algunas noticias en estos tiempos de diluvio informático. Misión imposible para mí, les aseguro.
Soy lento. Gracias a Dios. Lento pero tenaz.
No tengo apuro en conocer una noticia y saltar en pocos segundos a otra. Me detengo a pensar y entender. Al menos trato de entender. A veces le encuentro el sentido, la causa, el contenido y las proyecciones.
A veces le encuentro la razón y el sentimiento.
Yendo al caso concreto, confieso haberme enterado recién de la existencia de dos personajes que fueron noticia en el mundo desde hace dos o más años.
Una de ellas es Susan Boyle y el otro es Paul Potts.
Me topé con ellos en forma casual, mientras paseaba por youtube. Todavía no sé decir porqué hice click en el pequeño recuadro que mostraba a Susan Boyle, pero lo hice. De todos modos no tenía ningún apuro.
Los siguientes cinco minutos y cincuenta segundos de imágenes y sonido le agregaron una nueva dimensión al mundo que conocía.
A esta sencilla mujer, provista de un monumental talento y una conmovedora sencillez le bastaron esos pocos minutos para arrastrarme sin esfuerzo  hasta esa extraña dimensión donde la emoción es el único lenguaje posible. Antes que yo, millones de personas en todo el mundo vivieron la misma experiencia, con la misma contundencia.
Repetí el video una y otra vez sin que el impacto disminuyera. Quedé aturdido, como si un rayo me hubiese alcanzado en campo abierto.
Vi a una sencilla mujer de 47 años, desempleada, confesando que nunca se había casado ni había sido besada. La vi caminar hacia un escenario para enfrentar una audición musical, declarando su anhelo de convertirse en cantante exitosa como Elain Page, quien es voz principal de la obra teatral Los Miserables. Vi a esta bondadosa mujer responder con una sonrisa los gestos de burla. Vi a esta maravillosa mujer, mantener aquella sonrisa mientras sonaban los primeros acordes de la canción que la llevarían al encuentro con su destino de grandeza.
Entonces sin el menor titubeo entonó las primeras palabras de infinita dulzura que componen la canción “Soñé un sueño”. Y su voz atrapó de un solo zarpazo el corazón del público. Horas después la prensa internacional especializada volcaba oleadas de tinta elogiando a Susan Boyle, mientras internet marcaba un nuevo record que superaba el interés provocado por las noticias trágicas. Cien millones de visitas en una semana. El mundo escuchaba atentamente a  Susan Boyle.
Y cuando creí haber visto todo, abrí otro video, donde un tímido participante, llamado Paul Potts, se presentó un año más tarde al mismo concurso, luchando contra su falta de aplomo y un pasado adverso. Paul Potts, aspiraba a ser cantante de ópera y para ello dejó su Gales natal y marchó a Italia a tomar cursos de canto, pero la aparición de un tumor seguida de un accidente de tránsito, truncaron su carrera y consumieron sus ahorros. Así volvió a su ciudad y encontró empleo en una empresa de celulares.
Al igual que Susan Boyle, el aspecto de Paul Potts jamás revelaría el asombroso talento que poseía.
Paul no sonreía al presentarse en el escenario. Estaba demasiado aterrado como para sonreír. También el enfrentó los gestos burlones, las miradas de lástima indisimuladas y solo atinó a decir: Vengo a cantar ópera.
Le bastó entonar dos palabras para mostrar el tesoro encerrado en su voz. Nessun Dorma. Como solamente los gigantes pueden hacerlo.
Su éxito fue inmediato. Dio una función frente a la Reina de Inglaterra, lo recibió el Primer Ministro inglés, grabó un disco y vendió dos millones de copias, pasando a ocupar el primer lugar en ventas en quince países simultáneamente. Y comenzó a grabar con las grandes orquestas.
Todos fuimos testigos de estos fenómenos. Yo fui de los últimos.
Soy lento, por eso llegué tarde y me detuve a pensar.
¿Cuál es el misterio que nos fascina de estas historias?
Descubrí que Susan Boyles y Paul Potts son capaces de desenterrar lo mejor de nuestros espíritus. Ellos consiguen que sintamos alegría por el éxito ajeno. Ellos permiten que rescatemos nuestros sentimientos más generosos y a la vez comprobemos que los demás también pueden hacerlo. Entonces nos devuelven un poco de fe en la raza humana. Con su extraordinario talento nos demuestran que no somos tan malos como a veces pensamos.
Aquello que nace del corazón en otro corazón encuentra respuesta, dice un refrán.
Susan y Paul claman a nuestros corazones para que escuchen. Y nosotros escuchamos porque nuestros corazones no son sordos.
Entonces descubrimos el misterio que nos fascina y podemos dormir tranquilos, sabiendo que somos humanos y todavía somos buenos.