jueves, 28 de abril de 2011

Mi mejor compañera

Este año tuve la brillante idea de volver a las aulas universitarias, como alumno, valga la aclaración.
No es que me hayan echado antes, ni que me haya escapado, simplemente me aburrí mortalmente de mi profesión de abogado, la cual me dio enormes satisfacciones en su momento y aún sigue trayendo gratas sorpresas. Así de simple. No hay misterios en esto.
Elegí un nuevo rumbo. La psicologia. Tal vez mas profunda y complicada, pero definitivamente mas apasionante para mi imaginación. Cuestión de gustos. 
¿Cuál es la novedad de que alguien comience una carrera universitaria?. En principio nada, salvo que el principiante tenga 53 años, como yo. Y hasta el rector de la universidad parezca ser mas joven que yo.
Esto plantea de entrada algunos desafíos bastante serios. El primero es llegar vivo al final de la carrera, lo cual gracias a los avances de la medicina y los resultados de las estadísticas ya me da alguna esperanza. Lo segundo es mantenerme vivo el tiempo suficiente para disfrutarlo. Con respecto a este punto no me falta optimismo pero por las dudas optaría por especializarme en terapias cortas y que me perdone Freud, pero hay otras terapias que resuelven algunos problemas en menos tiempo, para beneficio del paciente apurado y del profesional veterano.
Por lo demás, esta situación  de la edad tiene sus ventajas. El cuidacoches, los guardias de seguridad, funcionarios de la facultad, limpiadoras, profesores y demás personas que circulan por los pasillos saludan con un deferente "Buenas tardes, Doctor". Muchos de ellos se preguntarán para que llevo una mochila escuelera al hombro. Inclusive algunos alumnos de otras carreras entran a sus aulas al verme llegar pensando que tienen un nuevo profesor. Ya pensé conseguir una remera con la leyenda "Primer año de psicologia, picando piedras igual que ustedes".
El caso es que, siendo un profesional, que alguna vez estuvo al frente de una clase, enseñando, ahora me siento en el fondo y la sensación es muy agradable. Y escucho a profesores jóvenes enseñándome temas de los cuales no tenía puta idea. Me llenan de asombro y me bajan del falso pedestal que uno se forja mirando su propio curriculum.
Sin embargo la verdadera lección de humildad y a la vez de admiración surgió donde menos lo esperaba,en vísperas del primer examen de la materia que me produce pesadillas: Lógica. La formal. La aristotélica.
Las ideas de un señor que vivió 62 años, escribió unas 200 obras hace mas de 2.400 años y aún hoy lo encontramos hasta en la sopa, me producen cierto temor reverencial. Aristóteles no es joda.
Mis compañeras que, en la inconciencia que da la inocencia, no habrán medido cuan profundas,oscuras y frías son las aguas en las que nos sumergiamos al estudiar los silogismos y las inferencias inmediatas por contraposición, no dudaron en prometerme que todo eso sería como un paseo por el parque y que me ayudarían. Sospecho que motivadas por la intención, muy noble, de evitarme el stress y suba de presión.
Pero en medio de mis temores mas sombríos, una de ellas, hizo lo contrario y me pidió que sea yo quien la ayude a entender las teorías del anciano griego. Estaba mas asustada que yo y siendo ella de caracter muy tímido, apenas había notado su presencia en clase. Así que sin darle vueltas al asunto desempacamos en la cantina de la facultad, desplegamos notas, apuntes y gráficos sobre la mesa y comenzamos a desentrañar cada capítulo. Como chicos de cuarto grado. Despacio. Meticulosamente. Yendo y viniendo en cada tema, asimilando lentamente cada concepto y digiriéndolo. Cruzando a nado la poderosa corriente aristotélica con un susto de muerte pero sin detenernos. 
El lunes nos presentamos a examen. Yo llegué con un nudo en el estómago y mareado, pero allí estaba tambien mi compañera, tan pálida como yo. Desfalleciendo, pero presente y valiente como Juana de Arco en las batallas. Ambos rendimos. Cada cual con sus aciertos y errores. Me alegré mucho por ella. Me alegré por haberla ayudado y me sentí agradecido porque me ayudó a vencer mis propios temores.
Ese mismo día me enteré que mi compañera estaba sufriendo la pérdida reciente de su madre. Me enteré que quedó a cargo del cuidado de cuatro hermanos menores. Me enteré que vive lejos y que estudia con un inmenso sacrificio, superando obstáculos enormes de los cuales ella no mencionó ni una palabra.
Admiré su coraje y aprendí una lección de entereza. 
Y sin saberlo ella, se convirtió en mi mejor compañera. De aquellas cuyo espíritu sobrevuela inmaculada muy por encima de los zarpazos de la vida cotidiana. Aquellas que no pierden el rumbo en medio de la oscuridad y que por mérito propio están condenadas al éxito.